13.03.2008
Dice la televisión que “perdimos a un genio”. ¿Hace falta transformarlo en genio para sentir su muerte?Los engranajes del Grupo Clarín ya empezaron a lubricarse, como sucedió con la muerte de Fontanarrosa. Habrá suplementos especiales, videos, stickers, homenajes, ingresos post mortem. Es idiota decirlo así, pero Jorge Guinzburg no era un genio. Era un tipo talentoso. Tampoco hay muchos tipos talentosos. Fui su amigo por propiedad transitiva: yo era amigo de su amigo, Adolfo Castelo. Le gustaban los relojes, y creo que los coleccionaba. Era muy bajito. Muy bajito. Una vez Adolfo me contó lo que le costaba conseguir pantalones, por el largo de las piernas que nunca coincidía con el ancho de la cintura. Guinzburg era un tipo lúcido, ocurrente, de gran repentización, una especie de optimista desengañado que –a veces– parecía un poco triste.Me entrevistó muchas veces –siete u ocho, o más– y ahora lamento no haberlo entrevistado yo alguna vez. Introdujo el humor político en la televisión con La noticia rebelde y sólo tiene en ese podio la compañía de Tato Bores. En los últimos años, con Mañanas informales, se relajó como nunca antes, lo que le permitió crear grandes momentos: el pogo, por ejemplo, cuando al dar el top de las doce todos se volvían locos y el programa devenía en una gran manteada. En las últimas semanas preparaba su regreso, con el plan de dejar el programa en manos de su equipo al terminar el primer mes. Algo así me contó Ernestina Pais el sábado durante una tanda de la Rock and Pop.–Yo no quiero hacer eso. Estoy muy mal con todo este asunto, muy triste –me dijo.Creo que también me dijo que sin Jorge era mejor no volver, o que ella al menos no iba a hacerlo.Hablamos por última vez hace más o menos un mes atrás: yo le había pedido que participara de la fiesta de lanzamiento de Crítica de la Argentina y que tuviéramos un diálogo en el escenario para presentar el diario. Iban a operarlo en esos días y quedamos en volver a hablar a mediados de la semana siguiente. No volvimos a hablar. Guinzburg creyó que se le podía mentir a la Muerte: enfrentó su cáncer en silencio, bajo el caparazón de una complicación respiratoria o serios ataques de asma. Nadie es quién para juzgar su miedo o su silencio. Habrá que ver qué haremos todos nosotros cuando nos toque mirarla a los ojos. La Muerte es traicionera y llega antes, y me asombró enterarme esta mañana. Soy un hipócrita: sólo rezo cuando tengo un problema. Pero si de Dios hablamos, me gustaría creer que Jorge Guinzburg, como tantos otros, está ahora en algún sitio, mirándolo asombrado, en paz y sin la tristeza que cada tanto se le escapaba de los ojos.


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