Por Pepe Eliashchev | 07.03.2008 | 23:17 El 25 de febrero de 1994, Baruj Goldstein, un judío ortodoxo graduado como médico en EE.UU., ingresó en la mezquita de la Cueva de los Patriarcas y abrió fuego contra los fieles que rezaban. Asesinó a 29 árabes musulmanes e hirió a 150. Sometido y desarmado, fue muerto a golpes por los sobrevivientes. El ministerio israelí del Interior dijo que la causa de su muerte fue “asesinato”, pero aunque Israel supo quiénes lo habían liquidado, jamás los procesó por homicidio y condenó la masacre.
Anteayer, un terrorista ingresó en la escuela talmúdica de Mercaz Harav, y con un Kalashnikov asesinó a ocho estudiantes. La institución queda en un barrio del Jerusalén judío. Mientras la TV israelí reproducía en vivo operaciones de las fuerzas de seguridad, los palestinos de Gaza salían a las calles disparando sus armas al cielo en señal de regocijo y distribuyendo dulces a los niños. Hamas se declaró responsable de los asesinatos.
El Consejo de Seguridad de la ONU no se puso de acuerdo en una condena unánime a la matanza. Libia alegó que sólo apoyaría una condena que sancionase “todas” las acciones violentas, pretexto para incluir en la misma bolsa asesinatos de estudiantes con acciones de guerra. Gobernada por Muamar Gaddafi desde hace casi 39 años, Libia organizó y ejecutó en 1988 el atentado contra el vuelo 103 de Pan Am, destruido sobre Lockerbie, Escocia, con un saldo de 270 muertos. “Para nosotros, la pérdida de vidas humanas es la misma”, dijo el emisario de Gaddafi en la ONU, tras calificar a Israel de ser un “régimen terrorista”.


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